Sebas y Cristóbal cabalgan un sueño
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Hay piezas que uno no empieza sabiendo a dónde van. Esta fue una de esas.
Cuando hice a Cristóbal, el gallo, todavía no sabía que estaba abriendo la puerta a una colección. No pensé: “Voy a crear un universo”. Eso vino después. Primero apareció una imagen, una inquietud, unas ganas de modelar algo que tuviera vida propia. Luego apareció el gallo. Después, Sebas. Y sin darme cuenta, ahí empezó Cabalgando sueños.
Esta escultura fue el primer paso de ese camino. Un niño montado sobre un gallo-arlequín. Una escena que, vista desde la lógica, no tiene mucho sentido. Pero desde la infancia sí. Y tal vez por eso me interesa tanto.
Porque cuando somos niños no medimos el mundo igual. Un gallo puede ser una montura. Una silla puede ser un caballo. Un patio puede ser un país completo. Y un sueño, aunque parezca absurdo, se puede montar.
El nacimiento de Cristóbal el gallo

A esta pieza la bauticé como Cristóbal el gallo.
Para mí, Cristóbal representa ese orgullo terco de la infancia. Esa valentía que aparece antes de que uno aprenda a dudar demasiado. Esa manera de plantarse frente al mundo aunque el mundo sea más grande, más fuerte o más serio.
Me recuerda a esos momentos de niño en los que uno reta a alguien que triplica su tamaño, no porque tenga un plan, sino porque todavía no sabe calcular el miedo. Hay algo hermoso en eso. Algo torpe, sí, pero también muy puro.
Cristóbal nació en ese lugar.
No nació como una pieza pensada para explicar una idea complicada. Nació como nacen muchas cosas verdaderas: jugando, insistiendo, equivocándome y volviendo a tocar la materia hasta que algo empezó a responder.
La imagen que encendió la chispa
La primera chispa vino de una obra de un pintor que admiro, Cristóbal Montoya. La pieza se llama "Un gallo de noche", hecha en gouache y acrílico.
Esa imagen me movió algo.
No fue una copia ni una traducción directa. Fue más bien una puerta. Vi ese gallo y algo se quedó rondando en mi cabeza. Había una presencia, una fuerza, una noche metida en el cuerpo del animal. Y yo empecé a preguntarme cómo podía llevar esa sensación a mi propio lenguaje, a mis manos, a una escultura.
Así empezó todo.
Primero estaba el gallo. Después entendí que no podía ser un gallo común. Tenía que tener algo de personaje, algo de teatro, algo de sueño. Por eso terminó apareciendo esa idea del arlequín. No fue una decisión muy planeada. Salió probando, fallando, mirando la pieza desde distintos ángulos, hasta que, de pronto, sentí que ahí estaba.
Cuando la pieza se queda dormida
El proceso no fue fluido desde el principio.
Al comienzo no lograba darle volumen al gallo. Se me complicó. Había algo que no terminaba de aparecer. Lo intentaba, lo miraba, lo corregía, y aun así sentía que la pieza no respiraba.
Entonces hice algo que a veces también es parte del trabajo: la dejé dormir.
La dejé varias semanas.
Con el tiempo he aprendido que no todas las piezas se resuelven a fuerza de empujar. Algunas necesitan silencio. Algunas necesitan que uno se aparte un poco. No para olvidarlas, sino para regresar con otros ojos.
Cuando volví, empecé por la cabeza. Luego la cara. Y ahí, casi sin darme cuenta, Cristóbal empezó a aparecer entre mis manos. Fue como si la pieza hubiera estado esperando ese punto exacto para abrirse.
Después de eso, todo caminó con más naturalidad.
Un gallo que no quería ser común
Las plumas de la cola fueron otro momento importante.
No sabía bien qué hacer, pero sí tenía claro algo: no quería un gallo común. No quería copiar un animal. Quería que tuviera carácter. Que pareciera capaz de cargar un sueño encima.
La cola empezó a tomar esa forma más libre, más juguetona. Entre pruebas apareció el aire de arlequín. Al principio fue casi una casualidad, pero me gustó. Sentí que le daba al gallo una mezcla rara entre fiesta, orgullo y misterio.
Cristóbal no es un gallo de granja. Tampoco es un animal fantástico en el sentido solemne. Es más cercano a esos personajes que uno inventa de niño y que no necesita explicar. Está ahí, parado, dispuesto a avanzar, aunque nadie sepa exactamente hacia dónde.
Y eso me gusta.
Luego apareció Sebas

Pero el gallo todavía no estaba completo.
Le faltaba algo. No era una cuestión de forma solamente. Era una cuestión de vida. Cristóbal ya tenía presencia, pero necesitaba una historia encima. Necesitaba a alguien que lo cabalgara.
Entonces vino el niño.
Sebas apareció como ese niño que todavía llevo dentro. El que mira un animal y no piensa si se puede montar o no. El que simplemente se sube. El que usa sandalias, sueña despierto y no necesita permiso para imaginar.
Cuando puse a Sebas sobre Cristóbal, la pieza cambió. Dejó de ser solo un gallo con personalidad y se volvió una escena. Un pequeño viaje. Un niño cabalgando algo imposible.
Ahí entendí que la escultura hablaba de mí, aunque no fuera un retrato literal. Hablaba de esa parte de mí que todavía quiere subirse a lo que no tiene explicación. De esa necesidad de hacer visible una memoria que no siempre sé contar con palabras.
Volver al niño que se atreve
No sé si todas las esculturas empiezan con una respuesta. En mi caso, muchas empiezan con una pregunta que no sé formular bien.
Cristóbal empezó así.
Empezó con un gallo que vi en una pintura. Con una dificultad técnica que me hizo detenerme. Con una pieza dormida durante semanas. Con una cabeza que de pronto empezó a tener carácter. Con una cola que no quería ser común. Y con un niño que llegó después para darle sentido a todo.
Hoy veo a Sebas montado sobre Cristóbal y siento que la pieza habla de algo sencillo: volver a creer, aunque sea por un momento, que lo imposible se puede cabalgar.
No como una frase bonita. No como una idea para decorar. Sino como una forma de seguir trabajando.
Porque al final, para mí, hacer escultura también es eso: tocar la materia hasta que aparece un sueño.
Cabalgando sueños

Con esta pieza empezó Cabalgando sueños.
No lo supe al principio. El nombre llegó después, cuando entendí que Cristóbal no estaba solo. Que detrás de él podían venir otros animales, otras monturas, otros recuerdos. Un caballito de mar, una tortuga, un cangrejo enorme, criaturas que nacen de la memoria y de la imaginación.
La colección habla de la infancia, pero no como una postal bonita. Habla de una infancia viva, llena de juegos, orgullo, miedo, torpeza y deseo. Habla de esa época en la que uno todavía cree que puede cabalgar lo que sueña.
También habla de mi memoria cubana. De Caibarién, del mar, de los animales que aparecen como símbolos sin pedir permiso. De esa mezcla entre lo cotidiano y lo extraño que muchas veces termina entrando en mi obra.
Si quieres conocer el universo completo de esta serie, puedes leer también Cabalgando sueños: esculturas sobre infancia, memoria y animales imaginarios, donde hablo de cómo esta colección empezó a crecer a partir de esta primera pieza.